lunes, 22 de octubre de 2018

Gladiador

Veo al centurión girar y abandonar la lucha, tal vez harto de la sangre, los gritos o el calor.
—¡Cornelius! ¡Vuelve aquí! —le grito.
 Me preocupa su actitud, es buen soldado y me ha salvado la vida varias veces en la batalla. 
—¿Adonde crees que vas? 
Me mira con desprecio, sin detenerse.
—Renunció, maestro, estoy podrido…
—¿Cómo dices? No puedes, te matarán...
—Podrías salvarme vos está vez, digo, para variar.
Ahí pierdo yo los estribos y el acento romano.
—¿Me querés explicar que te pasa, Cornelius?
—¿Que me va a pasar? Ya fue, loco, no doy más. Sin sindicato, laburando de noche... y después hay que escucharlo al señor, hablando del salvajismo del sistema, de los derechos del laburante. Me tomás de boludo al final...
Miro sus pies, va calzado con unos enormes zapatos de payaso.
Ese detalle me aclara la situación, nunca antes había tenido un sueño lúcido.
Al rato estamos en Saint Tropez, una cerveza en cada mano, mirando a las chicas contra el atardecer del Mediterráneo. Cornelius sonríe, ya está mejor.

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