miércoles, 11 de abril de 2018

Tarde de perros

Cada otoño es diferente pero todos me recuerdan a aquel otoño.
Éramos jóvenes, vivíamos en la calle. Nos guiábamos más por el olfato que otra cosa. Así enseguida te encontré, con tu pelo rojizo algo desgreñado, en la puerta de la carnicería. Ibas al mercado para soñar con sus deliciosas mercancías, inalcanzables para los de nuestra clase.
¿Tenés algo que hacer? Ahora que viniste, no.Dijiste pícara.Vayamos a la plaza. Hay feria de comidas. En una de esas nos dan algo.
Por el camino, marqué el árbol de los enamorados con nuestros nombres y saludamos al flaco Fido que presumía una cadena dorada con su nombre.
Todo fue llegar y oler: hamburguesas, panchos, chorizos...daban ganas de aullar.
Nos acercamos a un puesto de choris con nuestra ensayada cara de lástima, orientando la cabeza hacia el humo. Cada vez más cerca, más cerquita.
Todo sucedió en un segundo. El vendedor trató de alejarte de una patada. Yo le lancé insultos y amenazas. Vos aprovecháste para robarle un chorizo y correr. A cruzar la maldita avenida. ¡No! Todavía huelo la goma quemada de las llantas del camión. Y ahí quedó tu cuerpo desangelado.. Y mi desesperación y la gente alrededor, solo por un rato...Basta, ya es suficiente...
Me llamo Ricardo y escribo esto desde la cárcel, mi novia era Gaby. En otoño siempre la recuerdo.

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