sábado, 21 de abril de 2018

La fe

Suena el agua de la ducha y el vapor comienza a subir empañando la mampara. Antes de entrar vuelvo a sentir esa molesta picazón en la nuca. Por suerte acostumbro a llevar el pelo muy corto, lo que me facilita la tarea de rastrillar mi cabeza con el peine fino de acero.
Un piojo gordo y vivaracho cae del peine al lavabo pataleando con fervor.
Maldigo la hora en que acepte ir a la pileta pública. Me dispongo a aplastarlo con la uña y un segundo antes de reventarlo lo escucho decirme:
—Pero señor... yo creo en ti.


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