jueves, 19 de abril de 2018

México D. F.

Lo primero en asomar fue la coronilla. Entre hilillos de sangre fue saliendo poco a poco la cabeza a esa luz potente, enceguecedora. El cuerpo cambió de ángulo y con el siguiente pujo pasaron los hombros. Medio trabajo estaba hecho. Oscilando en la estrecha cavidad surgieron sus caderas y por último las piernitas débiles y fláccidas completaron el advenimiento entre el llanto y la respiración ansiosa. Todo fue una mezcla de alivio y alegría. Una celebración de la vida.
Así parieron, en segundo nacimiento, los escombros del terremoto de 1985 a don Marcos Ochoa.



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