“Ni dios, ni patrón, ni marido.”
Teseo llevaba tiempo metido en el laberinto.
Ariadna se acomodó el pañuelo, sonrió y encendió la mecha.
“Ni dios, ni patrón, ni marido.”
Teseo llevaba tiempo metido en el laberinto.
Ariadna se acomodó el pañuelo, sonrió y encendió la mecha.
Se prendió un rubio de puro aburrido, antes había estado fumando unos negros egipcios bastante fuertes. A veces le duraban un suspiro y otras veces se consumían lentamente con la ceniza colgando en equilibrio precario. Cortos, largos, suaves, todos le daban más o menos lo mismo y tenía para elegir, los atados parecían multiplicarse a su alrededor igual que la ridícula preocupación de que algún día se acabarían.
Pitó tan fuerte que hizo crepitar la brasa. Si tuviera voluntad haría algo saludable, lo dejaría ahora mismo. Dios le dió la última calada al rubio, soltó despacio el humo y con dos dedos tiró la colilla lejos.
En un charco de sangre, el cazador se balanceaba abrazando el cadáver de un joven.
—Era el lobo, yo, yo... Perdón, hijito, me confundí —balbucía con la mirada ausente.
Caperucita y la abuela observaban desde un rincón, por la ventana iluminaba la luna llena.
Llevo años trabajando en una imprenta, allí imprimimos unas pequeñas chequeras con vales en colores pastel que parecen formar parte de algún juego de mesa tipo monopolio.
En cada vale puede leerse "Vale por 1…" seguido de diferentes palabras: alegría, misterio, aburrimiento, accidente, ilusión, amor, sorpresa, problema, milagro, amargura, esperanza y muchas otras. Intercalando los vales más o menos al azar, armamos las chequeras y las enviamos empaquetadas a la sección expedición. Y hasta ahí sabemos de ellas.
¿Si me gusta este trabajo? A veces siento que lo amo o quizás sea el miedo a perderlo, digamos que me acostumbré a la rutina. También hay algún imprevisto, cuando es algo malo me desilusiono, pero tiene sus momentos alegres y si me aburro, nunca falta un pequeño milagro que me devuelva la esperanza.
—Puedo estar acostumbrado al barro, pero ¿desagradecido? ¡Jamás! Así me enseñaron mis padres, Dios los tenga en la gloria. ¿Cómo voy a morder la mano que me dio de comer?
La mano en cuestión —la del granjero —, se acercaba al chiquero, empuñando un cuchillo.
Una criada corre desnuda escaleras arriba. Su ama la persigue hecha una furia y varios escalones por detrás aparece apurado el señor de la casa, sujetándose los pantalones con la mano.
La muchacha trepa al altillo desesperada. Ante la idea de ser castigada prefiere saltar al vacío desde el balcón, pero a medio caer empieza a ascender por el aire. La señora llega tan furiosa que decide imitarla. Cae y luego sale volando tras ella. Es el marido quien duda un poco, mira para abajo y al final se decide a saltar para irse con ellas.
En la planta baja de la mansión, cinco personas están sentadas a una mesa de tres patas, rezando tomadas de las manos. Doña Clelia lanza la cabeza hacia atrás con un grito y se bebe un vaso de agua antes de revelarles a los demás la triple tragedia que ocurrió en ese lugar.
—Si te sientas sobre mí, te inseminaré por la fuerza y no creo que eso vaya a gustarte, fortachón.
Sopesó la idea de contar con esos angelitos vengadores revoloteando a su alrededor hasta entrada la adolescencia, atacando a cualquiera que representara el mínimo peligro. Lo volverían un mercenario mucho más peligroso, podría cobrar una fortuna por sus servicios. Ya no veía la idea de la maternidad tan vergonzosa.
Esperó a que el transporte militar diera un bandazo para caer sentado sobre el asiento vacío.
—¿Pero qué “caramba” de juego es este?
—No hace falta experiencia para ganar. Este brazo gigante tiene un sillín aquí y un contrapeso en la otra punta. Gira cada vez más rápido y, en un momento al azar, suelta la carga de golpe. Entonces usted vuela hasta alcanzar aquel maletín lleno de dinero y baja en paracaídas, convertido en millonario, o se estampa violentamente contra el suelo y lo que quede de usted se va en aquella ambulancia.
—¿Y eso es todo? ¿La gloria o la muerte?
El tipo sonríe ofreciéndole su galera.
—O puede dedicarse a vender tickets y lo que lo espera es aquella mujer insoportable y esos cuatro niños.
Cuando incorporó al espíritu, Clelia, la médium, contrajo el rostro en una mueca imposible. Ahora se movía por el cuarto encorvada como una anciana. Una voz cascada agitó su garganta:
―¡Oh, muchacho—señaló al joven con un dedo retorcido —, una muerte horrible te espera!
Después rió a carcajadas y cayó al suelo convulsionando.
Clelia se recuperó ignorándolo todo. El joven cliente estaba blanco y sollozando le relató el espantoso suceso. Ella bebió un poco de agua y después lo tranquilizó:
―¿Una vieja achacada? —Sonrió condescendiente —. Es el espíritu de la gitana. Tranquilo, nene, esa no pegaba una cuando estaba viva y en el más allá sigue siendo igual de incompetente.
Venía todas las noches a visitarme, cuando yo salía a fumar al balcón. Hace días que fumo solo y rebusco ansioso en los tejados vecinos. Es por eso que no he vuelto a escribir, es por eso que intento concentrarme en asuntos más urgentes, rutinarios, aburridos, pero dejo la ventana abierta por las dudas.
Casi he conseguido olvidarme de ella cuando mi alma acusa un rasguño leve, un ronronear travieso y el cosquilleo de unos bigotes en mi oreja.
¡A escribir, mi inspiración ha vuelto! Igual que una gata caprichosa, siempre aparece cuando dejo de buscarla.
Los dos cerebros artificiales más evolucionados de aquella sociedad confrontaban sofisticados argumentos a fin de definir cuál de ellos debía asumir el poder.
Ante la inesperada paridad de criterios, uno de los androides tomó un palo y destruyó la cabeza de su rival a garrotazos.
Empuñando una pistola en cada mano, Toretto grita:
—¡Esto es Brasil!
Mi niño imita la pose, apunta a la pantalla sus deditos y retruca:
—¡Esto es Arica!
"Yo soy Dios y vos sos el Diablo”, eso repiten los dos desde el principio de los tiempos.
Y procuran la destrucción del otro. En el medio de esa guerra estamos nosotros, los desamparados, las víctimas, los muertos, los que nunca sabremos cuál es cuál.