Cupido apuntó al generoso pecho de una doncella, hasta ahí parecía un tiro fácil, pero la flecha rebotó en las siliconas y se volvió, traicionera, contra el remitente.
Ahora el angelito la persigue loco de amor y ella le saca toda la plata.
Cupido apuntó al generoso pecho de una doncella, hasta ahí parecía un tiro fácil, pero la flecha rebotó en las siliconas y se volvió, traicionera, contra el remitente.
Ahora el angelito la persigue loco de amor y ella le saca toda la plata.
Está en el patio del pabellón de mínima seguridad, dónde a los reclusos les falta poco para salir. Desde la calle parece un buzón y desde adentro es un hueco en el muro con forma de máscara, con una raja fina a la altura de la boca.
Ella, sobresaltada y medio dormida, parpadeó primero el número de la compañía de internet, luego su usuario y su código de crédito.
El servicio fue restablecido de inmediato. Los ojos del niño volvieron a ponerse en blanco y su cara recuperó el gesto apacible.
—¿Estáis seguro? —preguntó el joven rey bajo la luna llena.
―¡Cavad, entonces! ―ordenó a sus caballeros.
Luego de un rato, las palas chocaron con algo metálico. La luz de una antorcha iluminó el cañón de una ametralladora automática.
Así lo cuidarán profesionales.
Así lo visitaremos más seguido.
Así lo pasará mejor.
Asilo...
—El cabildo ha fallado. Veinticinco años de rutina psicológica.
—¿Va a la cárcel?
—No, la cumple en la calle
—Después de lo que hizo ese maldito... sale libre.
—Libre, sí, pero no impune. Se puede andar por la calle y, al mismo tiempo, estar encerrado entre cuatro paredes invisibles.
—¿Cómo sería eso?
—Restricción hipnótica inducida. Una cárcel mental tan cómoda que ni piensan en salir. Ahora su existencia se reduce a levantarse, trabajar, comer, dormir... y repetir. Día tras día. Como un buen ciudadano.
—¿Y luego?
—Después de cumplir esa rutina invariable durante veinticinco años, llega el verdadero castigo: un despertar súbito del alma. Un hambre desesperada por vivir todos los sueños postergados. Pero para entonces, esos sueños ya han volado lejos. Y en ese instante, el reo comprende que ha desperdiciado su vida. La mayoría muere de tristeza. Algunos se suicidan.
—Entiendo...
—¿En la Tierra no tenían cárceles así?
—¿Cárceles? Sí... no... Es complicado.
—El baño es solo para los clientes.
La máquina descongeló y conectó al humano para preguntarle.
Es un ciclo, cada tanto el calorcito vuelve. Otra vez empezamos a sudar mientras la gente que pasa nos mira, nos huele, suspira y sigue. Somos rehenes de un mecanismo impiadoso. Atados de pies y manos giramos alrededor de la promesa de un cuerpo sin grasa con la piel crocante y un bronceado uniforme.
Una pareja se detiene frente a la vidriera de la rotisería. La mujer me señala y le dice al marido:
―Viejo, ¿y si llevamos un pollo al spiedo?