Eran rápidos, muy escurridizos. Cuando por fin pude atrapar uno, me apresuré a preguntarle su secreto.
—El tesoro que buscas está entre mis piernas —confesó el duende con malicia y separando los faldones de su batín me mostró una impresionante bicicleta dorada.
Emprendieron la reconstrucción imbuídas en una amargura culposa. Su conducta indecente, reflexionaban, había causado que Dios en persona les meara el hormiguero en pleno día.
Aguantaba sin problemas balazos a quemarropa, porrazos brutales, caídas infinitas y las explosiones más terribles, pero lo que lo mortificaba de verdad era la etiqueta del supertraje rozándole en el cuello.
—Imposible hallar un juez competente, ¿igual podremos alcanzar un acuerdo? —Totalmente. Podría avenirse el diablo a permanecer in aeternum en el inframundo, reconocer la superioridad divina y desistir de conquistar el cielo, a cambio de permitírsele cometer determinadas tropelías, tentar y corromper hasta cierto punto el alma humana y gobernar el inframundo. Por supuesto que ningún abogado se arriesgaría a semejante hazaña sin estipular unos honorarios acordes. —Que serían... —Las tres grandes I: Inmunidad, inmortalidad, impunidad. —Carísimo. Aún así, si funciona... —Señor, déme unos días para conseguir el teléfono del infierno y organizaré una primera reunión.
Miraba distraída el borde del balcón y el café se le atragantó del terror. Ahí, entre sus macetas, afloraron primero unos garfios y después una cabezota de reptil que escudriñó en detalle su departamento.
Marta comprendió que si el alienígena —o lo que fuera eso— entraba estaría perdida. Reaccionó. Bajó la taza despacio y al tanteo, agarró la escoba. ¡Blam, blam, blam! Golpeó al reptiliano tantas veces como pudo hasta verlo caer. En slow, sus garras arañando el vacío, Marta cerró los ojos justo antes del choque contra el piso. Cuando los abrió, el monstruo le pareció diminuto, apenas una lagartija estampada en la vereda.
De repente, la lagartija se volteó, Marta adivinó su mirada reptil, su lengua siseando furiosa, la muñeca doblada zarandeando la palma de la mano en un claro gesto de amenaza.
Suspiró aliviada cuando allá abajo la lagartija desapareció entre la piedrecitas del jardín, pero enseguida pensó en que volvería con refuerzos. Y recién eran las nueve de la mañana.
Siempre me amenazaron para hacerme hablar, esta es la primera vez que lo hacen para callarme. Hubiese sido más sensato asesinarme pero no era buen momento, hubieran llamado demasiado la atención, así que solo "sugirieron" que no revelara nada. Hoy, después de comprobar su inmenso poder y su implacable sangre fría y habiendo asimilado la aterradora noticia, he decidido contarlo todo. Prefiero afrontar una venganza que jugar con nuestro futuro, si acaso quede algún futuro con el que jugar cuando lleven a cabo sus planes. Llevo días escondido aquí, hago está grabación para prevenirlos de lo que nos espera, de lo presentes que están en nuestras vidas, de las terribles intenciones que abrigan para con nosotros y lo inocentes que nos parecen. Debemos intentar detenerlos cueste lo que cueste, no dudarán cuando la alternativa sea ellos o nosotros. Golpean la puerta, debe ser mi hermano trayéndome, al fin, algunas provisiones. Ya vuelvo.
—¿Viste el cantante? —¿Cuál? —El de reggaeton, super famoso. —… —El que está casado con la modelo… —... —...que viaja por el mundo en su yate... —… —...que tiene una mansión de cinco millones de dólares, que tiene un tatuaje chiquito acá, en el cogote… —Ah, sí… ya sé. —Bueno, quiero hacerme el mismo tatuaje.