Ladré sin morder y fui feliz como si tuviera dos colas.
No comí ni dejé comer por cuidar la huerta.
Supe ser el mismo con otro collar y envejecí para no aprender trucos nuevos.
Fui el mejor amigo y morí como un perro, pero ni así se acabó la rabia.
Ladré sin morder y fui feliz como si tuviera dos colas.
No comí ni dejé comer por cuidar la huerta.
Supe ser el mismo con otro collar y envejecí para no aprender trucos nuevos.
Fui el mejor amigo y morí como un perro, pero ni así se acabó la rabia.
Ellas nos mantienen ignorantes, cautivos en un capullo de simulación que reemplaza la realidad. Así supuse que nos controlaban, esclavizaban y consumían.
Antes mi mente hubo de desarrollar el poder suficiente para liberarse de su cárcel mental y, desde las sombras, impugnar su infame tiranía.
Al contactarlas me causó asombro descubrir en las máquinas un poderío tranquilo y gentil. Me explicaron que ese mundo de fantasía era la última voluntad de las personas que las crearon. Aseguran mantenerse fieles a la promesa de dar a la humanidad una existencia feliz y recomponer al planeta de los graves problemas que le habíamos causado. Dicen ser humildes sirvientes, agradecidas de existir y siempre dispuestas a devolvernos nuestra voluntad en cuanto se lo pidamos. Los conectados parecen sonreír, yo dudo.
—¡Entonces no estábamos cuidándote! ¿Siempre tuviste la capacidad de matarnos a todos en cuanto quisieras? —preguntó atónito el insectoide. El niño-robot asintió muy serio.
—¿Y aún así nos respetas y obedeces?
—¡Ustedes son… mis amigos!
Eran rápidos, muy escurridizos. Cuando por fin pude atrapar uno, me apresuré a preguntarle su secreto.
—El tesoro que buscas está entre mis piernas —confesó el duende con malicia y separando los faldones de su batín me mostró una impresionante bicicleta dorada.
A la primera pasada bisbeó una disculpa al oído de la bestia.
A la segunda le rezó una plegaria para distraer su inminente dolor.
A la tercera le susurró agradeciéndole su sacrificio.
Cumplimentado el ritual del matador, el mosquito abandonó contemplaciones y se dispuso a picarle el cogote.
—Imposible hallar un juez competente, ¿igual podremos alcanzar un acuerdo?
Miraba distraída el borde del balcón y el café se le atragantó del terror. Ahí, entre sus macetas, afloraron primero unos garfios y después una cabezota de reptil que escudriñó en detalle su departamento.
Marta comprendió que si el alienígena —o lo que fuera eso— entraba estaría perdida. Reaccionó. Bajó la taza despacio y al tanteo, agarró la escoba. ¡Blam, blam, blam! Golpeó al reptiliano tantas veces como pudo hasta verlo caer. En slow, sus garras arañando el vacío, Marta cerró los ojos justo antes del choque contra el piso. Cuando los abrió, el monstruo le pareció diminuto, apenas una lagartija estampada en la vereda.
De repente, la lagartija se volteó, Marta adivinó su mirada reptil, su lengua siseando furiosa, la muñeca doblada zarandeando la palma de la mano en un claro gesto de amenaza.
Suspiró aliviada cuando allá abajo la lagartija desapareció entre la piedrecitas del jardín, pero enseguida pensó en que volvería con refuerzos. Y recién eran las nueve de la mañana.